| Principal | Administración | Costos | Auditoría | Sistemas | Conexiones | Reflexiones | e-mail |
Te fuiste Papá ... Que felices compartimos tus setenta y ocho abriles y lleno de gozo nos dijiste que tenías temor porque ya estabas cerca de los ochenta. Te levantaste temprano aquel día y ansioso esperabas la visita de toda la familia, tu cuñada (mi tía) te había anunciado la visita de todos, que Carlos Alirio había preparado con mucho cariño tu pastel de cumpleaños y que en la tarde toda la familia se reunía. Claro, algunos de tus hijos no podían estar presentes porque no estaban en la ciudad y otros por otra necesidad. Yo fui el primero en llegar a casa y Juan Sebastián te entregó el presente que nunca pudiste usar, después fue Tulia con Luis y luego Elvira, Nestor y Alvaro, Carlos, Cecilia, Doris y Karina, y por último Fernando. Al caer la tarde llegó la gran celebración, te portaste como el mas feliz de los anfitriones, a todos una cerveza helada nos ofrecías y los pasabocas repartías. Cantamos tu cumpleaños, y un abrazo fuerte nos diste uno por uno y en cada apretón dabas gracias a Dios por vivir tan feliz y así despedimos un lindo día. Cuando ya la calma se sentía poco después de terminado tu santo día, me llamaste con voz temerosa y me dijiste que tu corazón te golpeaba y tu cuerpo se estremecía. Corrí con el mío acelerado, alcancé a llevarte al centro de urgencias y con valor entraste apresurado. Pero de nada sirvió estar a tu lado, te escapaste de mis manos cuando recibiste tu llamado y no pude atraparte, me dejaste solo desesperado y ahora como decirle a mi madre tu recado. Una lección me dejaste en tu partida, hay que estar preparado en todo momento de nuestra vida. Te luciste porque sabías que irías derechito al cielo y que el divino maestro te conduciría. Mi taita querido, con tu ejemplo nos enseñabas cada día, trazaste un sendero para todos los que amabas y para todos los que te veían, nos enseñaste a perdonar y pedir perdón, aunque en el cielo no hay nada que perdonar, nos enseñaste que con el perdón nos hacemos merecedores de la paz, la concordia, la armonía, la belleza, todo lo que manifiesta el amor divino. Siempre tuviste la fuerza para sostener la gran familia que formaste junto a mi madre, empezaste una y otra vez, nunca desfallecías y aunque tu cuerpo se resentía, tu mente siempre lúcida y joven creaba el inicio de otra travesía. Por eso fuiste sastre, viajero, tendero y expendedor de carnes hasta que tus rodillas te dijeron que ya no podías. Doblabas tu orgullo cuando alguien mas sabio se pretendía, y en silencio escuchabas lo que aquel discutía, para luego extraer lo que mejor te servía. Gracias viejito querido por permitirnos gozarnos en tu compañía, solo te pido que desde el lugar donde te encuentras nos des la fortaleza y el aliento para seguir viviendo cada día con amor y sin preocuparnos del futuro que no ha llegado ni del pasado que ya pasó. Desde aquel día decidí vivir el hoy, que importa el ayer ni el mañana, perdono a todos aquellos que necesiten mi perdón y me perdono a mi mismo, no guardo en mi corazón odios ni rencores, que se venga lo que sea, ya no tengo miedo, las propiedades son solo de este mundo, y yo no estoy en el para enriquecerme egoístamente, tengo madre, hermanos hijos y mujer a quienes les debo mi amor por entero. No pierdo momento para decirles cuanto los amo, pues cuando llega la partida debo estar preparado como mi viejo lo estuvo un día.
|